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Las flechas del racismo en el corazón de México

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Foto: Franz Bledl Santisteban/Tierra Baldía
Por: J.Lorenzo Díaz Cruz

 


Puebla, México.- En nuestro país tenemos un elefante en la sala, ese elefante es el racismo, una conducta discriminatoria que subyace en el trato entre las clases sociales que conviven en México. Es una mancha que moldea, hiere y limita el crecimiento pleno de la sociedad. Es un elefante tan grande que cualquier extranjero lo puede reconocer cuando nos conoce, lo ubica fácilmente en los rostros de los actores que aparecen en la publicidad o en la apariencia física de las élites económicas, políticas y culturales del país.


Esos rostros que admiramos en el cine o la televisión reflejan la composición racial de un país imaginario, pero no la de un país tan diverso como el nuestro, compuesto por tantos pueblos originales que junto con otros inmigrantes se fundieron en el caldero del mestizaje o sobrevivieron aislados.


A su vez, el elefante parece ser invisible ante los propios ojos de una sociedad que le cuesta reconocer sus defectos y realidades, una sociedad que se ríe de los pobres y los morenos, con una conducta que no logra siquiera entrar a la zona de lo políticamente incorrecto.


Algunos pueden pensar que no hay una maldad inherente en los comentarios o actitudes racistas, muchos las consideran solo manifestaciones inocuas y humorísticas de una sociedad que aspira a “mejorar” en todos los rubros, incluido el color de piel. Pero quienes lo padecen perciben un trato cruel, discriminador que se convierte en un obstáculo para lograr una sociedad menos polarizada y donde todos tengamos un mínimo de bienestar.


Cuando se habla de cambiar a México, debemos incluir una revisión de todas esas conductas discriminatorias que hacen aceptable la agresión entre los mexicanos. Tristemente el racismo no es la única conducta discriminatoria en nuestro país que señala a los gays, las mujeres, los punks, entre muchos otros grupos minoritarios.


Como padres o maestros, debemos educar en la tolerancia y la amabilidad, algo que debemos hacer no sólo por humanidad, decoro y principios, sino también por una cuestión pragmática: en estos tiempos es muy posible que nuestros hijos o alumnos tengan que viajar por el mundo y deberán ajustar su conducta a las normas universales, que consideran inaceptables las acciones que denigren a otro elemento de la raza humana. Basta ver las groserías y papelones ridículos que hacemos los mexicanos cuando asistimos en masa a algún evento deportivo mundial, para comprobar que tenemos un grave problema de educación y valores.


Por otra parte, es poco lo que nos preguntamos sobre la influencia del racismo en el proceso educativo de la persona. ¿Qué autoestima puede llegar a sentir un niño que crece en esa cultura? ¿Cuánto influyen en el fracaso o la mediocridad escolar los actos discriminatorios? ¿Cómo acercarnos para conocer lo que viven los niños más morenos o pobres, en su tránsito por la escuela? ¿Cómo reconocer las dificultades que vive ese niño para acceder a los más altos niveles de educación?


Según los estudios de la OCDE, en nuestro país solo 17 por ciento de las personas de entre 25 y 64 años logran tener estudios universitarios. Esto nos coloca en los últimos lugares entre los países de la OCDE, cuyo promedio es 37 por ciento, según el estudio. De hecho, solo uno por ciento de los mexicanos de ese rango de edad tiene una maestría o equivalente, mientras que menos de uno por ciento tiene un doctorado.


Las personas que vienen de los grupos más vulnerables de nuestra sociedad y logran pasar por todo el sistema educativo, desde maternal hasta el postgrado, son una minoría dentro de esa minoría. Ese hecho afortunado o manifestación de la fortaleza y grandeza del espíritu humano, ocurre muy pocas veces, pero ocurre. Conocemos algunos casos, ya sea de primera mano o por la prensa, de estudiantes que son capaces de vencer las dificultades para obtener un grado.


Ese héroe, que podríamos llamar Juan-a in-a-million, es alguien que logró alcanzar las etapas superiores del sistema educativo, o incluso obtener una maestría y un doctorado en alguna universidad del mundo, para luego incrustarse en la élite del mundo académico. Nos podríamos fijar en el final feliz, alabar el sistema educativo, la justicia o el triunfo individual, pero difícilmente alcanzamos a conocer la odisea que debió vivir desde niño. Enfrentar tantas agresiones en todas las etapas de su educación le causó un sufrimiento emocional que tuvo serias repercusiones en sus carencias afectivas y lo marcó en términos de seguridad y autoestima.


Lo que quizás podemos hacer para acercarnos al drama asociado con estas historias de superación y carácter, es recrear esas vivencias a partir de nuestras propias experiencias o de lo que fuimos testigos.


Desde muy temprana edad, un niño(a) como Juan-a encontró ese México racista que habría de molestarlo toda la vida. Cuando somos niños aparentemente no tenemos prejuicios, podemos jugar con cualquier vecino, hasta que aparece el padre o familiar que pide a sus niños dejar de jugar con el hijo del albañil o de la sirvienta. En el mismo hogar, es posible que Juan-a escuchó a su madre quejarse de su cabello erizo, que no se domaba ni con la brillantina más poderosa.


También escuchó las alabanzas de toda la familia para el tío que logró “mejorar la raza”, porque se casó con una tía de ojos verdes y sabe que todos admiran la belleza europea de sus hijos. La autodenigración aparece en las palabras de la prima mayor que se sintió feliz porque las enfermeras afirmaron que su hijito recién nacido no era tan moreno como ella.


Cuando Juan-a llegó a la escuela pública, descubrió que el color de la piel juega un papel decisivo y hace más fácil el camino para algunos, o puede ser una pendiente cuesta arriba para otros. Los niños o niñas de la escolta son aquellos que los maestros consideran los más agraciados, entre los cuales no suele incluirse a los de piel más oscura. Puede haber casos extremos en los que el racismo se acompaña con una dosis de nepotismo y entonces los hijos de las mismas autoridades escolares cumplen con ese honroso papel, aunque sean los menos brillantes del grupo.


Desde esa edad temprana Juan-a notó que obtener un reconocimiento le costaba más que a los otros; los maestros no podían creer que leyera tan bien, que le fueran tan fáciles las matemáticas. Sus compañeros morenos o más pobres también sufrieron para obtener ese reconocimiento que podría haber sido tan reconfortante a esa edad, cuando lo necesitaban para afirmar sus habilidades y talentos. Ese aliento nunca llegó para los niños más humildes, no obstante que uno de ellos dibujaba como los ángeles, o que otro tocaba algún instrumento musical con una facilidad asombrosa.


Ellos o ellas nunca ganaron el concurso de pintura, ni el de declamación ni el de escoltas. Al fin de año sus apariciones en el video del grupo fueron escasas, no obstante, el sacrificio que debieron hacer sus familias todo el año para comprar los uniformes o cumplir con las cuotas especiales, ni esperanzas que aparecieran en el cuadro de honor del grupo.


Cuando Juan-a terminó la secundaria y entró a la prepa, aprendió que debía defenderse del lenguaje de sus compañeros, de las agresiones del matón del grupo, de los robos de materiales en los talleres. No se dio cuenta como ocurrió, pero de pronto Juan-a cruzó la frontera del agredido al agresor, se reía de los chistes contra el indio, contra el chaparrito, contra el humilde que debía ayudar a su papá a cuidar el puesto de raspados en la entrada de las canchas. Juan-a dejó de reírse cuando la ruleta del racismo le tocó de nuevo.


Las diferencias de ingreso familiar de todos esos compañeros eran pequeñas, pero justificaban un acoso permanente a los más pobres, a los hijos de las señoras que vendían en el mercado o los recién llegados de la Sierra, los que vivían en las casuchas construidas en los bordes de la ciudad. Ser pobre era un estigma, y Juan-a pensaba que su familia era culpable, por haber nacido en lo más bajo de la escala social.


Algunas veces Juan-a miraba pasar los camiones con los estudiantes del Poli o la UNAM por su pueblo y percibía que por ahí podría haber una salida. Se esmeró en encontrar una prepa que le diera los elementos para ingresar a alguna de esas instituciones, las puertas a un paraíso donde lograría superar su vida paupérrima. Juan-a se esforzó y se puso a estudiar muy duro para el examen de admisión a la universidad, ese juez supremo que separa a los elegidos de los condenados. Logró aprobarlo, aunque para presentarlo debió viajar toda la noche y llegar todo desvelado y ojeroso.


“Ya estás aquí”, rezaba el video que recibió a Juan-a el primer día en la universidad, se moría de los nervios ante la seguridad que irradiaban sus compañeros. Llegaron las clases y Juan-a estaba consiente que no podía dejar pasar esa oportunidad; trabajó con gran ímpetu y concentración para absorber todo el conocimiento posible. El esfuerzo dio buenos frutos y sus notas lo animaban. Pero no todo era felicidad, algunas veces alcanzaba a escuchar los rumores a sus espaldas, “ese mono negro se cree muy listo”, “que chiste, si se la pasa estudiando”, “mira ya dejaron entrar a las sirvientas a la universidad”. Algo les molestaba de la presencia de la chusma en la universidad y por más que se esforzara no les caía bien a sus compañeros, no encontraba con quien formar equipo en los laboratorios ante el vacío que le hacían. El peor día se presentó cuando Juan-a se atrevió a corregir al profesor de cálculo, que se volvió un energúmeno, acusó al muchacho de arrogante, provinciano, inmaduro, y le dijo que seguramente ya lo habían corrido de otra universidad, pero venía a presumir sus conocimientos de repetidor.


Posiblemente alguno de los Juan-a que experimentaron esa agresión, no aguantó y se regresó a su pueblo, quizás otro se hizo pequeño para sobrevivir, pero nuestro Juan-a hizo de tripas corazón y siguió adelante. Aprendió a sobrevivir, recibiendo rechazos, indiferencia. Pero según muchos, el muchacho no tenía derecho a quejarse, eran solo chistes, humor mexicano. Eres un llorón, le dijo un amigo, en el fondo te queremos, morenazo de fuego.


Juan-a no se hundió en la amargura total porque junto a ese México ojete, racista y agresivo, también conoció otro México, más solidario, amistoso y generoso, que lo ayudó a pasar esos malos tratos, un México que nos permite vislumbrar una salida en el futuro.


Juan-a no se imaginaba yendo a buscar trabajo en una empresa, si ni siquiera sabía ponerse una corbata, ni prometer ser el líder triunfador que los jefes buscaban. Tenía que haber una actividad que lo motivara para dedicar el resto de su vida, aquella donde no importara la raza, ni el origen, donde se respetara el conocimiento y los méritos del trabajo. Fue en la ciencia donde Juan-a encontró la respuesta.


Eligió estudiar una maestría. Por fin llegó a un lugar donde lo recibieron mejor, le dieron todas las facilidades para aprender, crear, superarse. En un abrir y cerrar de ojos Juan-a terminó la maestría, los sueños se acumularon y estaba a su alcance hacer un doctorado en una universidad del extranjero.


Juan-a gozó el ambiente de la universidad donde llegó, ese ambiente era el futuro del mundo, razas de todo el planeta convivían, profesores que iban y venían, de cualquier parte del mundo. No encontró ninguna muestra de animadversión en ese medio, ni se fijaban en su color o su origen. Afuera de la universidad si era diferente, había una sociedad conservadora que no sabía del todo como lidiar con esa diversidad, confinada a las cuadras que ocupaba el campus universitario.


En ese lugar, lejos de México, reaparecieron las diferencias entre las distintas clases de mexicanos. Por un lado, estaban los que venían de familias acomodadas, que hablaban perfecto inglés, habían viajado antes y recibían cada verano las visitas de sus familiares. En el otro extremo estaban los que llegaron ahí gracias a la beca de Conacyt o de alguna embajada, apenas les alcanzaba para pagar la renta y comida. Aunque todos trataron de convivir de una manera civilizada, esa convivencia se acabó cuando cada quién regresó a México.


Al paso de los años las cosas empezaron a salir muy bien para Juan-a, se acumulaban los papers, las participaciones en congresos, visitas a universidades de todo el mundo, el trabajo con los estudiantes, y con ello llegó un cierto reconocimiento. Aprendió que en la universidad todos son iguales, aunque algunos son más iguales que otros.


Cuando Juan-a alcanzó el mayor reconocimiento en el país, lo invitaron a participar en alguna comisión decisiva del aparato científico nacional. Entonces regresaba a la realidad. En esos grupos había una representación mínima del México moreno, mucho menor todavía del caso de los indios. En alguna ocasión Juan-a constató que solamente había dos morenos en todo el auditorio, se trataba de un profesor de la India y él mismo. El mundo académico tiene de todo, desde la gente más educada que aprecia el valor de los que se superan desde abajo, hasta los más elitistas que miran con recelo el acento marcado de un inglés que se aprendió tarde.


Al regreso de los viajes por el mundo Juan-a recibía otra dosis de realidad. Muchas veces, aunque ya hubiera pasado por migración, aparecía algún agente que le pedía su pasaporte y le volvía a preguntar de dónde venía. Eso no se lo preguntan a cualquiera, era sólo a la gente morena que posiblemente el agente confundía con un ciudadano de algún otro país pobre.


Otras veces lo detenían para preguntarle donde vivía, a que se dedicaba, que hacía en México. Aunque lo molestaba esa situación, también compadecía a los vigilantes que lo interceptaban. El color de su piel era como el de Juan-a, pero habían aprendido que todos los morenos debían ser parte de los perdedores y a ellos debían interrogar, ordenes son órdenes.


En 30 años de carrera científica, Juan-a encontró que ese recibimiento había cambiado casi nada o muy poco. Tenemos un problema que sólo hasta fechas muy recientes está recibiendo mayor atención, gracias en parte a las redes sociales que todo lo registran.


Pero ¿cómo lograr que la gente acepte que los méritos y el valor de una persona no deben estar asociados con el color de su piel?


La respuesta no es sencilla. Lo mínimo que puede hacerse es reabrir las puertas de la movilidad social y repartir el bienestar entre todos. Al mismo tiempo hay que educar a los niños con otros valores, no sólo en la escuela, sino también en la casa y en el espacio de entretenimiento. En suma: “hay que cultivar nuestro jardín”. (TB)


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