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Insolentes cinegéticos

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Foto: Especial
Por: Mauricio Olivier Tagle

 


Puebla, México.- “Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y yo no estoy seguro sobre el universo”: Albert Einstein.


En la muy variada y extensa historiografía de insolentes, se puede destacar una lista, larga también, de insolentes cinegéticos (por nombrarles de modo alguno). La historia está plagada de ellos y son reconocidos por sus dudosas habilidades. Muchas son las calamidades y desventuras que sus infames insolencias producen. Me refiero a los cazadores, esa legión de desvergonzados que vive entre nosotros y –contrariamente a lo que se piensa- va en penoso crecimiento. También existen, en mayor número pero con menor eficacia (pues sus armas son intelectuales y no fierros escupe-fuego), los que defienden a los animales no humanos. La distancia conceptual entre ambos es abisal: los primeros, odian a los animales no humanos (y de ahí a odiar a los animales humanos existe un bache fácilmente franqueable); los segundos aman a los animales (aunque no tengan mascotas).


De los insolentes citaré cinco características a mi modesto entender.


La primera: cazan animales sin necesidad de alimentarse de ellos. Lo hacen por amor a la muerte. El placer de matar.


La segunda: cuando cazan, lo hacen de “lejitos”; quizá por el miedo que pueda causarles verse cara a cara con el infortunado animal, víctima de sus impulsos. Sería muy interesante (y morboso, lo admito) ver una bronca a muerte entre un cazador desarmado y un animal.


Por ejemplo, el dentista Walter James Palmer contra, digamos, un jabalí o el león Cecil, su última víctima (o, dándole ligera ventaja, una cabra). En un ejercicio imaginativo de pareja jaez, podríamos ver luchar por su vida al anquilosado Borbón, el rey hispánico, contra un elefante. Harry, el inglés principito, contra un búfalo. Al rockero James Hetfield contra un oso Kodiak. Al hijo de Donald Trump (tan estúpido el uno como el otro) contra un leopardo.


La lista es larga, como para escoger a gusto: Lucero, la cantante y llorona telenovelera; Bill Clinton, el amante voraz; Mark Zukerberg; Madonna; Thalía la timbiricha; el chef Gordon Ramsay y muchos otros. Si le gusta la historia, puede optar por Cneo Pompeyo Magno o Publio Cornelio Escipión el Africano. Anímese a googlear para decidir su agarrón.


La tercera: no poseen recursos retóricos para legitimar su actividad, normalmente balbucean escuetos discursos con mínima profundidad. Es probable que ni siquiera sepan que Platón gustaba de la cacería y que consideraba a esta como “ejercicio divino” (idea esta que no legitima la acción cinegética).


La cuarta: todos usan armas potentes para asegurarse prudente distancia de garras o picos, de la feroz respuesta de cuernos, colas y escupitajos venenosos.


La quinta: la gran mayoría lleva una doble vida contradictoria e incongruente. Muchos individuos son pilares de la comunidad, líderes de opinión, artistas y personajes famosos por sus actividades positivas. Apenas tocan las armas, se transmutan en procaces y desatinados depredadores, en un mundo en el cual esa actividad es innecesaria y, a vista de miope, estúpida.


Y como quedan muy pocos animales para cazar en esta desierta Tierra baldía, no han faltado particulares y gobiernos en muchos países del mundo que fomenten la cacería en cotos cerrados con animales criados exprofeso para ser asesinados y embolsarse dinero sucio (lamentablemente legal). Si algún político, riquillo o artistucho farandulero tiene antojo de matar solo debe hablar a la granja cinegética de su elección y solicitar el animal de su gusto (gusto por matar, claro). A su llegada le sueltan un león, en África, o un venado o jabalí, aquí en México, en un espacio reducido; luego apunta, dispara y… A chingar a su madre la vida.


Nada sorprendente teniendo en cuenta que, también, la vida de los animales humanos vale muy poco o nada. Cada día los noticieros dan cuenta de asesinatos despiadados en las calles de nuestro México, borbotones de sangre y ríos de lágrimas por doquier… Pero ésa es otra historia.


Nos leemos la próxima. (TB)


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