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Un día en el Parque Amalucan

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Foto: Leon Vanegas/Tierra Baldía
Por: Leon Vanegas

 


Puebla, México.- El fin de semana pasado, aprovechando la visita de mi ahijada, organicé un paseo fotográfico rápido ya que las vacaciones están por terminar. Como ambos disfrutamos de la naturaleza nos dispusimos a caminar hacia el parque Amalucan aprovechando que el día estaba medio nublado. Llegamos al parque y vimos que había una buena afluencia debido a la temporada, nos pareció agradable encontrarnos con varias familias que compartían de un tiempo de calidad coronado con un día de picnic al aire libre.


Los parques son lugares recreativos donde se pueden realizar varias actividades, es común ver por la mañana a varias personas haciendo ejercicio, algunas con sus animales de compañía, casi siempre perros de diversas razas, tamaños y temperamentos con los cuales ya había tenido algunos encuentros medio ríspidos, aunque es mejor decir que esos encuentros eran con los dueños de los peludos, quienes en muchas ocasiones no toman las medidas de seguridad necesarias durante el paseo y dejan a sus perros sin correas exponiéndolos al peligro de una riña o pelea en las que ellos no tienen mayor culpa. Lo triste de esto es que sus dueños piensan que se puede resolver a palazos sobre el animal contrincante de su mascota, lo que es sumamente cruel e irresponsable para los animales, incluso un delito.


Nos dispusimos a dedicarnos a lo nuestro. Al principio encontramos algunos arbustos y conjuntos de lavandas que olían delicioso, había también varias abejas y abejorros buscando su polen lo cual nos dio varias fotos macros lindas. De ahí caminamos otro tramo para encontrar que nos vigilaban desde las alturas, casi en la entrada un par de pájaros negros con alas de plumas blancas, más adelante un pajarito rojo con pinta como de cardenal nos miraba a la distancia.


En la vereda principal nos encontramos unas margaritas y varios dientes de león amarillos los cuales eran bañados por el sol que se colaba entre las copa de los árboles, dando un aire de claro obscuro como si de un cuadro de Rembrandt se tratara, dándonos unas fotos con el detalle y dramatismo perfecto.


En ese momento Ros, mi ahijada, me dice: "¡mira, mira, padrino!". A un costado, un árbol con ramas tupidas de pequeñas flores blancas se encontraban llenas de varios coleópteros grises que buscaban alimento al igual que algunas abejas que pasaban, era una bella escena, como buffet de domingo en un club campestre.


Después de un rato caminamos un poco más, pasando el área de los juegos infantiles llegando casi al tanque de agua donde hay varios troncos que brindan cobijo a muchos tipos diferentes de arañas.


“¡Padrino creo que escuché algo por ahí!”, gritó Ros de pronto, creo que es una rata grandotota dijo, “sólo vi una como cola peluda”, le repliqué, “pero no son tan grandes, tal vez puede ser una zarigüeya, pero no te preocupes sólo está buscando comida así que mientras no la molestemos no pasa nada, así que mira, ven ayúdame con el flash”.


Continuamos con algunas otras fotos y camino hacia la entrada del estacionamiento, Ros me preguntó sobre las zarigüeyas. Yo le comenté que por lo regular siempre cargan con sus crías pegadas a su cuerpo, como el metrobús a las 7 de la mañana, y que se alimentan principalmente de insectos. Años antes de que hubiera tantas casas en el área de La Calera, cerca de donde viven sus abuelos, era muy común verlas y que pues ahora casi no se ven tan seguido, por lo que era importante cuidarlas mucho y, sobre todo, no molestarlas ya que el cerro, como tal, es su casa.


Luego me preguntó que si no le podrían hacer daño los perros a la zarigüeya, yo le dije que sí y que ésta era una de las razones por lo que era necesario hacer consciencia sobre el uso de las correas en los perros que eran llevados a pasear al parque, debido a que éstos podrían llegar a herir no sólo a una zarigüeya sino también a las crías.


Finalmente caminamos de regreso a casa, donde le pregunté cuándo regresaríamos para un paseo fotográfico más extenso en el que pudiéramos terminar de fotografiar la diversidad de plantas y fauna que existe en el parque Amalucan, a lo que respondió que pronto.


Ha sido una experiencia genial el poder compartir con ella el paseo y sólo espero, que en el futuro nuestros hijos y nietos puedan conocer el parque por experiencia propia y no sólo por mis fotografías, es necesario cuidar el ambiente, promover una cultura de responsabilidad con nuestras mascotas y preservar lo mejor que podamos las riquezas naturales de nuestros parques y la capital. (TB)


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